El chocolate como medicina

torta de chocolate

Los médicos franceses creían que el chocolate era beneficioso para tratar dolencias crónicas y el mal de amores.

El chocolate se usaba con fines terapéuticos en el siglo IV, cuando los mayas empezaron a cultivar el árbol del cacao. Los hechiceros prescribían el consumo de cacao tanto como estimulante como por sus efectos calmantes. Los guerreros lo consumían como una bebida reconstituyente, y la manteca de cacao era usada como ungüento para curar heridas. Más tarde, los aztecas prescribieron una poción a base de cacao mezclado con el polvo de los huesos machacados de sus antepasados para curar la diarrea. Los colonos españoles también fueron conscientes de las virtudes curativas del cacao. Un viajero de la época dice de sus compatriotas: “Con estos granos elaboran una especie de pasta que según ellos es buena para el estómago y contra el catarro”.
Sin embargo, el chocolate despertó sentimientos encontrados entre la comunidad científica y médica, que se mostró tan vocinglera como la Iglesia a la hora de debatir las virtudes y los defectos de aquella misteriosa nueva sustancia. Durante el siglo XVI, cuando la medicina todavía estaba en mantillas, muchas teorías médicas se basaban en la existencia de humores “calientes” y “fríos”, o en las energías corporales, de cuyo correcto equilibrio dependía la no aparición de enfermedades. Los españoles clasificaron al chocolate como una sustancia “fría” y neutralizaban sus efectos tomándola muy caliente y aderezada con especias “calientes”. No podían entender por qué los aztecas se tomaban el chocolate sin calentarlo tratándose de un alimento esencialmente “frío”. Durante el siglo XVII, el chocolate ya había recibido la aprobadora bendición de un buen número de botánicos y médicos, que habían descubierto que contenía toda clase de sustancias beneficiosas. Henry Stubbe (1632-72), el médico de la corte inglesa, visitó las Indias Occidentales para investigar los efectos físicos del chocolate. A su regreso publicó The ludían Néctar, en la que se deshacía en elogios por la bebida, pero que echarle demasiado azúcar o especias era desaconsejable. Stephani Blancardi (1650-1702), un médico italiano comentó: “El chocolate no sólo tiene un sabor agradable, sino que es también un auténtico bálsamo para la boca, pues contribuye a mantener todas las glándulas y humores en un perfecto estado de salud. Todo aquel que lo bebe posee un aliento muy dulce”.
La Facultad francesa de Medicina aprobó oficialmente su uso el año 1661. El magistrado y gastrónomo Brillat-Savarin (1755-1826), escribe en su célebre obra Physiologie du Gout: “El chocolate, cuando ha sido cuidadosamente preparado, es un alimento completo y agradable…muy apropiado para quien realiza un gran esfuerzo mental, predicadores, abogados, y sobre todo viajeros… se aposenta bien en los más débiles estómagos, es beneficioso en enfermedades crónicas y constituye el último recurso en las dolencias del píloro”. Algunos de los contemporáneos de Brillat-Savarin afirmaban que el chocolate puede curar la tuberculosis. Un médico francés, quizás habiendo experimentado que el chocolate levantaba el ánimo, estaba convencido de que eraun antídoto contra los corazones rotos: “Quienes tienen mal de amores y sufren de la más universal de las dolencias galantes, tendrán en el chocolate el más agradable de los consuelos”. Las alabanzas no eran ni mucho menos universales. Un médico de la corte toscana del siglo XVIII declaró que el chocolate era una sustancia “caliente” y que era una locura mezclarlo con otras “drogas calientes”. Evidentemente había observado los efectos de la cafeína, puesto que cita entre sus efectos la locuacidad persistente, el insomnio, la irritabilidad y la hiperactividad en los niños. En general, los benéficos efectos médicos y nutritivos del chocolate fueron bien aceptados. Un escritor inglés de la época lo describe así: “una bebida incomparable desde el punto de vista familiar, para el desayuno o la cena, para cuando el té o el café están realmente fuera de lugar, a menos que este último se sirva con mucha leche”. Brillat-Savarin comentaba acerca de la digestión: “Cuando uno ha comido bien y copiosamente, tomando una buena taza de chocolate al final de la comida, lo habrá digerido todo perfectamente al cabo de tres horas”. Durante el siglo XIX muchos charlatanes empezaron a hacer su agosto gracias al prestigio que la aprobación de los médicos dio al chocolate. Diversas formas de “chocolate” medicinal hicieron su aparición, incluyendo productos de nombres tan siniestros como el “chocolate pectoral”, elaborado con tapioca india y recomendado para combatir la tisis, y el “chocolate analéptico”, elaborado con un misterioso “tónico persa”. Hacia finales de siglo, el artículo genuino recibió la aprobación de todos los hospitales y sanatorios, así como el de la armada, el ejército y diversas instituciones públicas.

 

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