Aventureros españoles

Aunque el explorador español Hernán Cortés es generalmente considerado como el primer europeo que se dio cuenta del potencial del chocolate azteca, el descubrimiento inicial de éste debe de atribuirse a Cristóbal Colón. En 1502, en su cuarto y último viaje al Caribe, Colón desembarcó en la isla de Guanaja, frente a las costas de Honduras. Cuenta la historia que allí fue muy bien recibido por los aztecas, que le ofrecieron un saco de lo que parecían almendras grandes a cambio de algunas de las mercancías que él llevaba. Al darse cuenta de su desconcierto, los aztecas le explicaron que con aquellas semillas podía elaborarse una bebida muy especial denominada tchocolatl o xocolatl. El caudillo de los aztecas les hizo una demostración haciendo que sus siervos preparasen un poco de aquella bebida allí mismo. A Colón y a sus hombres, aquel oscuro y amargo brebaje les pareció repelente, pero de todos modos, al volver a España, se llevaron consigo algunos granos de cacao por pura curiosidad, sin darse en absoluto cuenta del futuro valor económico que alcanzaría aquella mercancía en todo el mundo.

El cacao como moneda de cambio
Cuando Hernán Cortés llegó al Nuevo Mundo diecisiete años más tarde, Moctezuma II, el emperador azteca, creyó que Cortés era una reencarnación de Quetzalcoatl, el dios-rey tolteca exiliado cuyo retorno estaba predicho para aquel mismo año. Esta confusión facilitó a Cortés la entrada en Tenochtitlán, la capital azteca, donde Moctezuma le dio, a él y aus hombres, un recibimiento propio de un rey. A pesar de aquella abrumadora bienvenida, finalmente Moctezuma se dio cuenta del error que había cometido al confundir al español con el tolteca. Dándose inmediatamente cuenta de lo insegura que era su posición a partir de aquel momento, Cortés se ganó la colaboración de un grupo de indígenas que simpatizaban con él y consiguió hacer prisionero a Moctezuma. En un período de apenas dos o tres años, provocó la caída del imperio azteca. A diferencia de Colón, Cortés se dio inmediatamente cuenta del enorme valor económico de los granos de cacao, tanto en su papel de alimento como de moneda de cambio. El jesuíta Pedro Mártir de Anglería llamaba a los granos de cacao “almendras pecuniarias” y los describía como “una forma de dinero bendita, porque sus poseedores no caen en la avaricia, ya que es imposible acapararlo o enterrarlo bajo tierra”. Se refería a que los granos de cacao no pueden almacenarse durante tiempo sin pudrirse. Los escritos de Thomas Gage, un fraile dominicano inglés del siglo XVII, constituyen una abundante fuente de información sobre el chocolate. Visitando Ciudad de México, Gage describe cómo los granos de cacao se usan “como alimento y como moneda de curso legal”. Calculando la tasa de cambio en función del real español, que en 1625 equivalía a seis peniques, Gage explica que doscientos granos pequeños de cacao valían un real español, y que “con estos granos los indios compraban todo lo que necesitaban.

torta de chocolate

Esta litografía de la Empire Marketing Board representa la recolección de las semillas del cacao.

Las plantaciones de cacao
Cuando Hernán Cortés emprendió su viaje al Nuevo Mundo, su objetivo principal era encontrar Eldorado, la mítica tierra del oro azteca, y al comprender que no iba a descubrir aquel soñado tesoro, desvió su atención hacia los granos de cacao. Viendo que los indígenas los usaban como moneda de cambio, y la gran importancia que les concedían, Cortés comprendió que el dinero podía crecer literalmente como la fruta en los árboles. Dedicó los años siguientes a explotar el potencial comercial de aquel “oro líquido” estableciendo plantaciones de cacao por todo el Caribe, ya que era barato de cultivar y razonablemente rentable, y la promesa de acumular riquezas fáciles atrajo a muchos colonos españoles los cuales, en poco tiempo, establecieron plantaciones en México, Ecuador, Venezuela, Perú, Jamaica y la Española (hoy Haití y la República Dominicana). La producción de cacao se ha difundido por todo el mundo, aunque las plantaciones de estas regiones originales son las que producen las variedades de cacao más apreciadas.

El secreto español
Los colonos españoles trataron de mantener en secreto las técnicas del cultivo y preparación del cacao, y tenían buenas razones, pues podían obtener pingües beneficios procesando ellos mismos el cacao en Latinoamérica antes de embarcarlo hacia Europa. Sin embargo, no iban a ser para siempre los únicos en conocer el secreto.
En 1580, se creó la primera planta de procesamiento de chocolate en España y la popularidad del chocolate fue creciendo y divulgándose por todos los países europeos que establecieron sus propias plantaciones, rutas comerciales y sus propias plantas de tratamiento. Los holandeses trasplantaron el cacao en sus posesiones en las Indias Orientales, Java y Sumatra, a principios del s. XVII, y se expandió hacia Filipinas, Nueva Guinea, Samoa e Indonesia, con un nivel de éxito financiero posible gracias a la explotación de cientos de miles de esclavos africanos. Los franceses se establecieron en la Martinica en 1660, y en Brasil en 1677, junto con los portugueses. Trinidad fue motivo de disputas entre holandeses, franceses y británicos durante años; finalmente, en 1802, cayó en manos de los británicos. A principios del siglo XIX, los portugueses consiguieron trasplantar con éxito árboles jóvenes de cacao del Brasil en la isla de Santo Tomé, frente a la costa africana, y más tarde en la isla de Fernando Poo (la actual Bioko) y en la parte occidental de África. A finales del siglo XIX los alemanes habían conseguido establecerlo en el Camerún y los británicos en Sri Lanka. Desde entonces, las plantaciones de cacao se han ido extendiendo por todo el sudeste de Asia, y Malaisia es en la actualidad uno de los principales productores del mundo.

La fiebre del cacao
No fue un trabajo fácil para los primeros plantadores de cacao despejar la jungla, pero una férrea determinación les espoleaba. Un escritor brasileño, Jorge Amado, ha descrito la visión de estos primeros plantadores atrapados por la “fiebre del cacao”: “El no veía una selva ante sí…una selva llena de enredaderas y de árboles centenarios, una selva habitada por animales salvajes y apariciones. El sólo veía campos inmensos de árboles de cacao, interminables hileras de árboles repletos de aquel fruto dorado, maduro y amarillo. Veía plantaciones y plantaciones que hacían retroceder a la selva y que se extendían más allá del horizonte”.

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